miércoles, 17 de febrero de 2010

A DÓNDE HUIR DE LAS INCLEMENCIAS DEL TIEMPO









Uno es un entusiasta lector de los diarios, novela en marcha, le gusta llamarlos a su autor, Andrés Trapiello. Me aficioné a ellos desde que le vi en un programa entrevistado por Sánchez Dragó y este los elogiaba. El primero que compré fue El FANAL HIALINO, había publicado además de diez anteriores, creo, otros dos posteriores, pero fue éste el que me vendieron en la primera librería que pregunté por El Salón de pasos perdidos en la Feria del libro de Madrid.
Luego han ido cayendo con fruición y deleite y por este orden de lectura: LA COSA EN SÍ, LA MANÍA, LOS HEMISFERIOS DE MAGDEBURGO, TROPPO VERO.
Al principio me disgustaba sus famosas X, pero luego le he ido cogiendo el tranquillo y uno disfruta reconociendo a los personajes, unas veces deduciéndolo directamente por el propio relato de los hechos y otras con la inestimable ayuda de Google. Uno va ya conociendo a sus amigos: J.M. (Juan Manuel Bonet), R.G (Ramón Gaya), M.B.(Manuel Borrás), a M (su mujer Miriam) a sus hijos: R (Rafael) y G (Guillermo) a sus adversarios Javier Marías, Andrés Sánchez Robayna, Juan Cruz. Lo que menos me gusta es cuando entran es descalificaciones personales autores que uno estima, caso por ejemplo de Juan Cruz y Javier Marías, ese resentimiento le deja a uno triste, pero es la condición humana y la envidia está presente casi siempre en estos lances, aunque, como dice su y mi admirado Rafael Sánchez Ferlosio, conoce uno a más que se quejan de que son envidiados, que a los que dicen que envidian, aunque claro está, esto se debe a que nadie le gusta contar su debilidades. Sin embargo, hay que reconocerle a Andrés Trapiello, su valentía al contar muchas veces sus debilidades y lo hace como si fuera de otro y no de él de quien está hablando, y este ejercicio de desnudarse uno lo agradece porque lo humaniza y lo acerca al lector.
En la última Feria del Libro de Madrid, tuve el honor de saludarlo y cambiar impresiones con él, nos dedicó a mi mujer y a mi su novela, que compramos en ese momento, Los Confines, salió la conversación sobre la casa que tanto sale en sus diarios Las Viñas, está cerca de Madroñera el pueblo donde estuvo de sacerdote Ulpiano, al decirle que era de Monroy, me dijo que lo conocía porque la persona por la que conoció Las Viñas tenía una finca cerca de Monroy, le pregunté que si era con el que se había distanciado últimamente y me confesó que la relación con él era ya imposible porque estaba loco.
Indagando en Internet con la ayuda del señor Google, para comprobar algunos de los nombres de sus personajes con incógnitas, me encuentro en uno de sus tomos del Salón de pasos perdidos, concretamente en Do fuir, este texto que creo aparece, según una reseña del libro en Internet, en la solapa de la edición de PRE-TEXTOS, digo creo, porque esta edición me dijeron ayer en la Casa del Libro de la Gran Vía, que está agotada:
“EL pintor Pancho Ortuño tenía, hace años, una pequeña rehala de beagles y perros de muy variada estirpe venatoria. Cuando quería adiestrarlos se los llevaba al campo y allí, en una dehesa cercana al pueblo extremeño de Monroy, los soltaba durante todo el día, desde el amanecer hasta el crepúsculo. Los perros, por instinto, en cuanto encontraban un rastro, se lanzaban con entusiasta algarabía en pos de él, y no era en absoluto infrecuente que a veces se perdieran de vista durante dos o tres horas en lances que no siempre coronaban con éxito. Su dueño, guiado únicamente por una ladra cada vez más desvanecida, se limitaba entonces a seguir su jauría a distancia, distraído por los amenos y filosóficos panoramas de la naturaleza. Cuando llegaba el momento de recogerse, hacía sonar el cuerno de caza. En la soledad misteriosa de aquellos encinares, tan profundo y melancólico halalí parecía perderse no sólo en la lejanía, sino en el medievo. Acudían disciplinados los sabuesos, se reposaban en el furgón y el cuerno de caza volvía a su bien talabarteada funda de cordobán. Era un cuerno de res en el que Pancho Ortuño, -con extraordinaria minucia, había grabado a fuego una estampa conmovedora. Se veía, en medio de una pradera, a una liebre con las manos levantadas y las orejas tiesas, atenta y advertida, y debajo esta leyenda: 'Do fuir'; dónde huir, palabras con las que manifestaron su desesperación y su congoja los enemigos de Gaston de Foix, el belicoso duque de Nemours, lanzado contra ellos en una codiciosa cuanto insensata persecución tras la batalla de Ravena en la que les acababa de derrotar. La literatura es un extraño viaje, y el que realizó ese epígrafe, desde aquel 11 de abril de 1512 hasta un cuerno de caza de hacia 1980, está lleno de la irrefutable poesía que ha unido para siempre el nombre de un capitán legendario, muerto a la edad de veintitrés años justamente en esa su más sonada victoria, y una liebre que mira el porvenir incierto desde su carpe diem”
Luego ha visto uno el libelo que le lanza uno de esos anónimos recalcitrantes, que alguien los definió como valientes con embozo, y que yo prefiero llamarlos cobardes con antifaz, este además actua como un Pessoa de mala baba utiliza varios heterónimos, y no duda en implicar a algún amigo vivo e incluso a alguno muerto, para expresar su odio a muerte al anterior amigo y compañero de andanzas. Uno de los heterónimos usados es el de El Crítico Constante, más bien debería haberse bautizado como El Odiador Constante.
Con el seudónimo de El Crítico Constante dice en uno de sus múltiples comentarios en el blog de Arcadi Espada:
Conozco al pintor Ortuño desde la lejana juventud. Una vez, divertido tras leer lo que dice Trapiello en la solapa de uno de sus diarios, me aclaró la historia. Al parecer el diarista se confundió de personaje pues mi amigo se refería con la cita al Gaston de Foix, señor de Foix y de Béarn (1331-1391), llamado Gaston Phebus a cuenta de su radiante cabellera dorada y autor de un famoso tratado de caza. El lema de su cuerno de caza no fue, como parece desprenderse del texto de Trapiello, “Do fuir” sino “Toco-i Se Gausos” (toca si osas). En realidad el Do Fuir es un invento del pintor, algo que se le ocurrió mientras visitaba la capital de los albigenses.
A la sazón, se atribuye a Gaston de Foix la creación del viejo sabueso occitano, la raza Bleu de Gascogne. Utilizando un sobre y un peculiar azul, Pancho Ortuño hizo un collage titulado justamente así, “Azul de Gascuña”, que dio que hablar cuando se expuso allá en los años setenta del pasado siglo.
Quizás debido al anterior comentario y a las múltiples descalificaciones que ha hecho en la blogosfera, sobre el escritor Andrés Trapiello, otrora su amigo, quizás por todo eso y por muchas cosas más, en la edición de bolsillo del Salón de los Pasos Perdidos que publica la editorial Destino figura en la contraportada el siguiente texto:
Novena entrega de los diarios de Andrés Trapiello, recogidos bajo el título Salón de pasos perdidos.
Vio el autor hace años grabada al fuego en un cuerno de caza una liebre de pie, con las orejas tiesas, extenuada y angustiada por la persecución de los sabuesos, y debajo esta leyenda: Do fuir, `dónde huir`, palabras que el perrero atribuía a Gaston de Foix, y que el belicoso duque de Nemours referiría a los enemigos a quienes no daba cuartel, o acaso melancólicamente a sí mismo. Sea o no apócrifa, esa divisa no es muy diferente de la acuñada por Horacio: carpe diem. La literatura oscila entre ambas, del mismo modo que estos libros son una huida imposible hacia el futuro y una pérdida irremediable del presente.
«Al autor le gustaría que estos libros llevaran el título general de Salón de pasos perdidos. Libros en los que sería absurdo quedarse, pero sin los cuales no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo. A ese espejismo lo llamamos novela, y a ese algo lo llamamos vida.»
Y uno lo siente de veras, porque ha desaparecido en esta edición de bolsillo de Do fuir, de la editorial Destino, que uno compró ayer mismo en La Casa del Libro, la mención de su pueblo Monroy, pero lo siente más porque las inclemencias del tiempo, léase la envidia, nos conduzcan a los seres humanos a tirar por la borda tantos años de amistad.
La envidia y su consecuencia más perversa el odio nos lleva a ser muy infelices, hay que conseguir, por todos los medios a nuestro alcance, convertir la envidia en admiración como Bertrand Russell preconizaba, admirar es mucho mejor que envidiar, presumir de amigos y compartir sus éxitos es mucho mejor para nuestra salud mental y física que odiarlos.
Uno, (prefiero poner uno a poner yo aunque no le guste a Arcadi Espada) por lo menos hasta hoy admira a Bertrand Russell, a Sánchez Ferlosio, a Javier Marias, a Juan Cruz y a Andrés Trapiello, todos ellos para mi excelentes escritores. Claro está que a lo mejor si uno fuese un escritor importante y consagrado y no un humilde aficionado que cuenta en un blog sus memorias de un niño de pueblo de derechas, a lo mejor también soltaría alguna pulla sobre ellos de vez en cuando.
Por cierto también admiro como escritores a Umbral, y hasta a Camilo Jose Cela, a pesar que no me gustaba nada del carácter de ambos, pero lo cortés no quita lo valiente o al revés y hay que reconocer que leyendo Viaje a la Alcarria o La familia de Pascual Duarte uno encuentra rasgos de verdera ternura y compasión en Cela, y no digamos en Umbral y su Memoria de un niño de derechas, donde se nos muestra con toda la vulnerabilidad de un niño de la posguerra en su Valladolid natal, cuesta creer leyendo este libro su estereotipada actitud ante la vida, aunque uno cree que no era más que una pose para no parecer vulnerable.

Y uno piensa, como Andrés Trapiello pensaba antes de pelearse con su amigo, que Monroy no es un mal lugar dónde huir, dónde apreciar la misteriosa soledad de los encinares y dónde distraerse con los amenos y filosóficos panoramas de la naturaleza que lo circundan.

POSDATA (15/11/2010):

Posteriormente a la publicación de esta entrada leí el tomo de Los pasos Perdidos correspondiente al año 1992, Locuras sin fundamento, sobre este mismo episodio el autor publica lo siguiente:

HACE unos años iba de caza con un buen amigo. ¨Él llevaba la escopeta, la recova de sabuesos y la merienda. Yo iba de oyente. Pasábamos el día fatigando los montes de la dehesa y discurriendo sobre lo humano y lo divino. A mediodía, después de comer, mientras los perros descansaban, sesteábamos debajo de una encina, junto a un pequeño fuego. Mi amigo tenía un cuerno de caza para llamar a sus admirables bleus de Gascogne, si éstos se desmandaban. Fue en aquel cuaderno de caza donde leí ese lema por primera vez. Mi amigo había dibujado en él, como lo hacen los marinos y esquimales con los scrimshaw, una liebre. Era una liebre muy bien traída levantada, con las orejas tiesas y esos ojos de no entender nada que tiene las liebres. Debajo mi amigo había metido en un orla las dos palabras que sirvieron de lema al esforzado Gaston de Foix: "Do fuir?" No sé por qué, pero también yo hoy, como la liebre, levanto las orejas y miro al retortero del alma sin encontrar otra cosa que desolación y tristeza, sin saber adónde huir, ni para qué, si acaso lo supiese.

Y acabo de leer, en el excelente libro el Arca de las palabras, en la edición de enero 2006, como Andrés Trapiello al referirse a la palabra liebre dice lo siguiente:

De todas las liebres ideales, una sobre todo, aquella que un sabuesero había grabado en el cuerno de caza con el que llamaba a los perros de su rehala. Se la veía de pie, con las orejas tiesas, alerta, angustiada acaso, sobre un lema que, aseguraba ese perrero para darse pisto, había sido el de albigense Gaston de Foix: "Do fuir?"

Aquí se puede ver muy claramente como las inclemencias del tiempo nos afectan poderosamente.

2 comentarios:

txiolina dijo...

Monroy pueblo querido,
Monroy de mis amores,
si pudiera estar en Monroy,
en algunas ocasiones.
Saludos.Feli.

Anónimo dijo...

Casi como en Asturias patria querida