martes, 10 de octubre de 2006

DE LA CASA VIEJA DE LA CALLE NUEVA A LA CASA NUEVA DE LA CARRETERA VIEJA


Mis padres habían comprado tres casas contiguas, una supongo que a la tía Camila, al menos así la llamaban, casa de la tía Camila, la habían reformado algo y la dejaron como vivienda, las otras dos, se las compraron a mi abuelo Torrente. En el sitio que ocupaban éstas, habían mandado construir en la parte baja un bar y en la primera planta un salón de baile, a través de una puerta se accedía directamente desde el comedor de la vivienda al mostrador del bar. La parte de atrás de la vivienda daba a un patio con arriates, un pozo que se solía secar en verano y una piconera. Había un corral que ocupaba todo el largo de la casa y el bar, al que se accedía por una puerta a modo de trasera, pero que estaba en la fachada principal y daba a un pasillo ancho de bóveda de ladrillo en cáscara de huevo de cuatro arcos, de cuya construcción recuerdo perfectamente a tío Miguel Monega , uno de los últimos artesanos de la albañilería, como iba colocando los ladrillos macizos uno a uno, hasta conseguir esa maravillosa forma abovedada, tan típica de la construcción en nuestra zona.

El corral de forma rectangular, quedaba delimitado en la parte sur, por el patio de la casa vivienda y fachada trasera de la casa del bar y en su parte norte, de derecha a izquierda, por una cuadra para seis caballos, un pajar, un tinado para cuatro vacas, y una zahúrda para cuatro o cinco cerdos, contaba con un pozo , que no se secaba nunca, con un pilón adosado al brocal, donde se daba de beber al ganado, y un estercolero. Dentro de la cuadra y en un rincón estaba el gallinero donde dormían y ponían su huevos en los nidales unas treinta gallinas, que durante el día andaban sueltas por el corral, claro está tenían su correspondiente gallo.

No tenía ninguna intención de moverme de la calle Nueva, a la casa nueva, pues esa casa además de estar en la carretera, vi cuando la estaban construyendo, que en las excavaciones para los cimientos salían cocos, que se hacían una bola, debían ser gusanos, y pensaba que aquella casa estaba llena de bichos, y encima tenia dos pozos que si me asomaba, decían que me cogería el Pacimulo , supongo que debería ser un monstruo mitad pez y mitad mulo, debería ser mas bien un Pecimulo.

La construcción de los salones del bar y del baile se hizo a la manera tradicional, con bóvedas de ladrillo, paredes de piedra, que fueron revestidas con cal, todavía se empleaba el mortero de cal apagada mezclada con arena, fue una de las últimas casas que se hicieron en el pueblo a la manera tradicional y artesana, la único moderno fue el forjado de parte del salón de baile, la parte que estaba encima del bar, que se hizo con vigas de hormigón armado y bovedillas de cerámica, como muchos de los forjados de ahora, el techo del baile se hizo todo de madera, con caída a cuatro aguas.

Ahora, debido al deterioro de su revestimiento, mi hermana Paqui, que heredó la parte baja, es decir el bar y parte del corral y mi hermano Vicente, que le tocó la parte de arriba, donde estaba el baile, con su parte alícuota de corral, decidieron, con muy buen criterio, quitar el revestimiento exterior y han dejado al descubierto el encanto de la piedra desnuda, y de los arcos de ladrillos que rematan las ventanas y puertas.

La casa vivienda la heredó mi hermana Mena, que la ha conservado prácticamente igual que la heredó, consta de un zaguán, que yo lo recuerdo solado con pizarra, pero que por concesiones a la modernidad se quitaron las magnificas lanchas de piedra que lo recubrían y lo revistieron con cemento, el techo del zaguán es de madera, afortunadamente éste lo dejaron como estaba, tiene tres habitaciones, un comedor con bóvedas de ladrillo enlucido, en forma de cáscara de huevo con cuatro arcos, una alacena con su bonita puertas de rejilla, y un baño que es de nueva construcción, antes no existía baño, las necesidades se hacían en la cuadra, y se las comían las gallinas que revolteaban alrededor mientras las hacíamos, más de una vez se confundían y te picaban en el culo.

En la parte de arriba de la vivienda están los sobrados, con sus trojes que recogían el grano de la cosecha de todo el año, y donde mi madre amasaba el pan, que luego llevamos al horno de Carmen Serensa, donde se horneaba con fuego de leña de encina avivado con jara, pan candeal que duraba una semana, hecho con levadura madre que se iban cediendo unas vecinas a otras.

El pan se marcaba con unos sellos tallados en madera con las iniciales de los dueños, sellos que eran verdaderos obras de arte, solían tallarlos los pastores, a mi se me antojaban que eran como el sello de los papas, pues me recuerdan a los que aparecían en el papel de las bulas que se compraban a la Iglesia, y que tenían distintos precios en función de si uno era criado o señor, creo que el catecismo decía algo así: “La Bula de la Santa Cruzada, es un privilegio pontificio, que se concede a los españoles para librarse de abstenerse de comer carne en ciertos días” eso si previo pago, y digo yo ¿y si no tenias dinero para comprar la Bula, qué pasaba? Bueno que tontería digo, qué iba a pasar nada, si no tenias dinero tampoco podías comer carne. Los sellos se estampaban en la masa del pan para que no se confundieran en el horno, con los de otros vecinos, el pago por el horneo se hacía en especie, con un pan, dos como mucho.

En los sobrados también se incubaban los pollitos, cuando la gallina estaba clueca, se la subía al sobrado y se le daba pan migado con vino, según mi madre para que transmitiese más calor e incubase mejor todos los huevos, yo no sé si tendría más calor, lo que si sé era que la gallina agarraba unas borracheras de padre y muy señor mío.

Mi hermana Paqui ha transformado el bar en vivienda con el gusto que tiene como experta restauradora que es y Vicente transformó el salón de baile en un precioso loft que tan de moda están ahora.

La nueva casa estaba relativamente cerca de la otra, aunque en el pueblo se consideraba que estaba muy lejos, se decía --tienes que ir para abajo ¡qué pereza!--, porque mi casa estaba a bajo en la carretera, un día hice una apuesta con mis amigos, estábamos jugando en la plaza, y me entró hambre, era la hora de la merienda, dije que me iba a casa a por el bocadillo, empezaron a refunfuñar diciendo que iba a tardar mucho, y que no podían esperarme para jugar, yo les dije que no tardaría mas de cinco minutos en ir y volver, gané la apuesta, aunque no gané nada pues apostar era sólo una forma de hablar, solo empeñábamos la palabra, pero la palabra valía mucho, estaba por medio tu credibilidad que era lo más importante.

En el pueblo había baile sólo en las fiestas muy señaladas, había tres funciones al mediodía de doce y media a dos y media, antes de cena de nueve a once y después de cena de doce a cuatro de la madrugada, se cobraba entrada por cada sesión, aunque los casados no pagaban, sólo pagaban los solteros, había por entonces tres salones de baile el del Casino, que había que ser socio, el de Ángel Blanco apodado“Gallina” y el de mis padres.

En los primeros años la gente acudía a mi casa al baile después de cena, porque al baile antes de la cena iban al salón de Ángel Blanco, la gente decía que el café que hacía mi madre era mejor, de esta forma salíamos ganando nosotros, porque el baile después de cena duraba el doble que el de antes y se consumía por consiguiente mucho más en el bar, está tradición se mantuvo en el pueblo varios años, hasta que Ángel Blanco, decidió pasar a la ofensiva y puso el baile después de cena gratis, aquí empezaron las hostilidades entre los Pitachas y los Gallinas.

Ángel Blanco, además del baile, tenía cine, en verano en un patio al aire libre y en invierno en el mismo salón de baile, nosotros teníamos prohibido totalmente asistir al cine, sólo nos permitían ir en casos muy especiales, por ejemplo, cuando pusieron la película Molokay, mi madre que era muy religiosa, aquí si hizo una excepción, pero yo creo que fue la única, recuerdo haber visto alguna película de Joselito, desde la casa de mi tía Juana, la hermana pequeña de mi padre, desde una especie de palomar donde se divisaba la pantalla, aunque no completa.

En la sesión de tarde de los domingos se ponían películas toleradas, yo me quedaba en la puerta del cine viendo como todos mis amigos pasaban, yo no podía entrar porque lo tenía prohibido, Ángel Blanco, un hombre con una barriga muy prominente que estaba siempre fumando un puro y llevaba un cinturón con una hebilla dorada muy grande, más de una vez y más de dos, el hombre, se compadecía de mi, que debía de pensar que yo no tenía ninguna culpa de las disputas con mis padres y me hacía pasar gratis, --pasa Pitachín pero que no se entere tu madre. Yo pasaba muy contento y pensaba que en el fondo aquel hombre no era tan malo.

El hecho de que mi familia tuviera bar y baile, ha tenido gran influencia en mi educación, me encantan las tertulias, los relatos orales, creo que se aprendía a escuchar, entre otras cosas porque no te dejaban opinar, yo trataba de pasar desapercibido, medio escondido en un rincón de mostrador, para que nadie advirtiese mi presencia y me mandara irme, como sucedía tantas veces --Niño vete de aquí que estas son conversaciones de mayores y tú no puedes oírlas.

Me encantaba escuchar cuando se hablaba de la guerra, tomé enseguida conciencia que la guerra era una cosa muy triste, sobre todo cuando mi padre contaba como fue su despedida, tenía veintitrés años y acaba de licenciarse del servicio militar que lo había hecho en Valladolid, mi padre, siempre que lo contaba se le saltaban las lágrimas, hablaba de como, el pueblo se solidarizaba con los que eran llamados a filas, y acudía todo el mundo a despedirlos, me imaginaba las escenas de desgarro que se producían, siempre me han entristecido las despedidas, no me gustan, y aunque mi padre era huérfano, pienso en esas madres diciendo adiós a su jóvenes hijos, y las novias teniéndose que alejar de sus recientes enamorados muchachos, pensando que nunca iban a volverse a ver, mi padre hablaba de los comerciantes que en un gesto de solidaridad y preocupación colectiva, repartían viandas gratis para los que se iban a la guerra. Con pan y vino se hace más corto el camino, aunque sea un camino de un triste viaje sin retorno para algunos.

También veía la guerra con una parte romántica, cuando mi madre hablaba de las madrinas de guerra, que a mi se me antojaba que eran novias en la distancia, novias que sabían escribir muy bien las cartas y que decían cosas bonitas y agradables para mantener la esperanza y la moral alta de los soldados, pensaba que eso era el verdadero amor, un amor platónico e incondicional, sin esperar nada a cambio, sólo el saber que había alguien que te quería aunque fuera en la distancia, pensaba en ti y esperaba tu regreso sano y salvo, y te lo decía por carta, cartas para leerlas en voz alta como si fueran poesías recitadas, me imaginaba lo bonito que sería el encuentro cuando terminada la guerra, los soldados volviesen a casa, y en el peor de los casos, las madrinas de guerra mitigaban los malos momentos de la guerra con sus misivas llenas de afecto, compresión, al menos infundían esperanza en una vida mejor.

Mi padre hablaba de los rabos negros y de los rabos blancos, de la Dictadura de Primo Rivera, que según él fue una de los mejores gobiernos pues se hicieron muchas carreteras, hablaba de la CEDA de Gil Robles, mi madre hablaba de la República y de que a mi abuelo le obligaban a contratar obreros, aunque no tuviera trabajo para ellos, se hablaba mucho de los requetés porque mi padre simpatizaba con los requetés, los partidarios de Don Carlos, y de su himno el Oriamendi, es curioso la fijación que a mi me producía el dichoso himno, pues escribía, en un ejercicio constante e inconsciente de caligrafía la frase “Dios, Patria, Rey”.

Hoy todavía me sorprendo escribiendo sin venir a cuento esta frase, aunque su significado esté muy lejos del que le daban entonces. Soy agnóstico, la única patria con la que me quedo es la de mi infancia, y no soy monárquico, soy republicano, aunque, eso si, admito que me siento un poco Juan Carlista.

Javier Cercas, escritor nacido en Ibahernando un pueblo con nombre imposible, como él mismo dice, hace una definición que está muy alejada de la concepción de patria que tenían los Carlistas, yo me identifico totalmente con ella, dice así: “Un patriota es alguien para quien amar su tierra, su gente y su lengua constituye el mayor estímulo para amar otras lenguas, otras gentes y otras tierras.”

No he tenido a lo largo de mi vida muchas pesadillas, las únicas que recuerdo tienen siempre como motivo la guerra, la angustia de despertar y creer que estábamos en guerra siempre me producía sensaciones de impotencia, miedo y rabia, era lo peor que podía pasar al género humano, la guerra siempre es algo deleznable desde cualquier punto de vista.

Entre las cosas que más me han repugnado de lo que se contaba de la guerra eran las famosas purgas y las depuraciones, que en nombre de no sé que Dios y de no sé que autoridad, llevaban a cabo esos déspotas ejecutando a sus propios vecinos, a los que por envidia, odio o lo que es peor por pura diversión de señoritos borrachos, les quitaban el bien más preciado: la vida.

Mi madre solía contar que entre los ejecutados había un señor que era muy bueno, muy religioso, que su único pecado era ser republicano, no era comunista, sólo era republicano, decía ella, esa era otra, ser comunista era lo peor que se podía ser. Crecí pensando que los comunistas tenían cuernos y rabos, que eran auténticos demonios.

En el pueblo había tres personas que estaban señaladas por comunistas, aunque seguramente ninguno lo era, un tal Julián Besteiro (obviamente era un mote) y en todo caso con este mote sería más bien socialista, tío Raña y el señor Juan, que era uno de los dos peluqueros que había en el pueblo. Con los dos primeros traté menos, de Juan que era mi peluquero, recuerdo el buen manejo y el alegre sonido que le sacaba a la tijera, era un hombre afable y cariñoso que siempre estaba de buen humor, de bastante mejor humor que muchos de los que eran de derechas.

Cuando mi madre detectó la pérdida de mi fe y que abrazaba ideas de izquierda, creo que debió de cambiar de parecer con respecto a los comunistas, ella sostenía que si su hijo era bueno, también debía de haber gente buena entre la gente ateas y de izquierdas.

Nunca he sido marxista, estaba demasiado condicionado por mi pasado, aunque hubo un tiempo, que me devanaba los sesos intentando integrar las ideas del marxismo con el cristianismo, era en mi época de comunión diaria y cuando conocí en la mili al bueno de Javier Benavides Orgaz, nieto de un militar que luchó junto a Franco en la Guerra Civil, el General Orgaz, pero pese a su antepasado, Javier era militante de izquierdas y ayudaba al padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo.

Javier sería una de las victimas de otros señoritos llenos de odio que le segaron su joven y prometedora vida, junto a otros cuatro compañeros, un triste día, el 24 de Enero de 1977, en la celebre matanza de Atocha.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Para cuando la próxima entrega?
Estoy seguro que más de uno esta siguiendo estos capítulos, pues en ellos hay un montón de similitudes con sus propias vivencias.
Yo les animaría a que los que recuerden cosas tan nuestras las vayan colgando en espacios como este, es un buen ejercicio recordar, por que se recuerda lo bueno de las cosas, pues lo malo como ya se supero y casi no se le da importancia.